De nuevo en un lugar de la mancha...

lunes, 31 de mayo de 2010

Alfredo Parra

De pequeño ya quería ser torero, siendo solo un niño, en Venezuela, de donde era el famoso "Morenito", del mismo Maracai.

Él se lo dijo a su padre y este le puso un video con las cojidas de famosos toreros, como la espeluznante cogida de el Yiyo o la de Paquirri. Después le preguntó que si aún quería ser torero, a lo que sin dudar ni un segundo respondió que sí.

Aprendió ese arte de torear en Venezuela, toreó durante un tiempo allí, o allá como dicen ellos; pero llegó un momento en el que debió decidirse, dar el salto para ser alguien, venir a España (la cuna de los toros) para algún día tomar la alternativa y volver a Maracai siendo un gran torero.

Desde Venezuela alguien le recomendó a una persona, un contacto en España, alguien en quien confiar, un torero que podría catapultarle a lo más alto, alguien que le podría enseñar, entrenar y ayudar en su carrera. Así que cruzó el Atlántico y se presentó aquí, en tierras toledanas.

Después de algún tiempo y tan solo dos festivales taurinos Alfredo vive solo en una pequeña finca de toros bravos, haciendo las veces de mayoral, guarda de la finca, mozo de espadas, albañil, mecánico, ojeador, galguero y casi limpiabotas; vive ahí sin agua corriente y sin luz, haciendo todo eso tan solo por la comida.

Cada cierto tiempo "su amo" le lleva unas garrafas con agua para que se asee y pueda tener agua potable para beber y cocinar.

Su vivienda, con el tejado curvado, rodeada por más edificaciones en completa ruina y sin tejado, consta de un par de cubículos comunicados por una puerta sin puerta y una ventana sin ventana. Las paredes de yeso no están ni siquiera encaladas y tienen ese tono amarillento-verdoso-negruzco que tan mal aspecto da. Una pequeña cocina francesa llena de cenizas de ceporros y rodeada por multitud de cacharros mugrientos sirve como calefacción en los duros inviernos y como cocina para lo poco que pueda cocinar. Una pequeña mesa y dos pequeñas sillas, bastante viejas completan la primera estancia.

La imagen parece de principios del siglo XIX. En lo que podría denominarse su dormitorio tan solo recuerdo que hay un camastro con una viejísima manta, una mesilla de noche polvorienta y para decorar un par de banderillas cruzadas con una gorra campera en el centro y un cristo de latón sobre la cama.

Este chico, de tan solo 23 años está subsistiendo gracias a una ilusión, la ilusión que lo mantiene ahí aguantando lo inaguantable, la de ser...


Torero.

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